Mateo 9:27-34
Al salir Jesús de allí, lo siguieron dos ciegos que suplicaban a voces: — ¡Ten compasión de nosotros, Hijo de David! Cuando entró en casa, los ciegos se le acercaron y Jesús les preguntó: — ¿Creéis que puedo hacer esto? Ellos le contestaron: — Sí, Señor. Entonces les tocó los ojos y dijo: — Que se haga en vosotros conforme a la fe que tenéis. Se les abrieron al punto los ojos y Jesús les ordenó: — Procurad que nadie lo sepa. Ellos, sin embargo, en cuanto salieron, comenzaron a divulgarlo por toda la región. Acababan de irse los ciegos cuando se acercaron unos a Jesús y le presentaron un mudo que estaba poseído por un demonio. En cuanto Jesús expulsó al demonio, el mudo comenzó a hablar. Y los que lo presenciaron decían asombrados: — ¡Nunca se ha visto en Israel nada parecido! En cambio, los fariseos decían: — El propio jefe de los demonios es quien le da a este el poder para expulsarlos.